Desde la infancia, muchas personas crecemos con el anhelo de ser elegidas. Ya sea para formar parte de un equipo en el recreo, para recibir un cumplido especial o para ser reconocidas, esta necesidad parece estar profundamente arraigada en nuestra naturaleza. Pero, siempre me he preguntado ¿qué es lo que impulsa este deseo? ¿Y qué nos dice sobre nosotros mismas?
En los primeros años de vida, buscamos validación. Ser elegidas significa pertenecer, ser vistas y valoradas o eso nos hizo creer siempre la sociedad en cada juego escolar, en cada presentación de la escuela, hay un eco de esa necesidad: destacar para sentir que somos suficientes y de esa manera sentirnos queridas. Con el tiempo, este impulso puede transformarse. En la adolescencia, ser elegida puede significar ser aceptada en un círculo social, o incluso ser reconocida por alguien a quien admiramos o quien nos comience a gustar sentimentalmente. En la adultez, el deseo puede mutar hacia la búsqueda de reconocimiento profesional, oportunidades o relaciones significativas.
Sin embargo, este deseo también puede volverse un arma de doble filo. Concentrarse demasiado en ser elegida por los demás puede hacernos olvidar la importancia de elegirnos a nosotras mismas primero. Rechazar la validación externa y construir una autoestima sólida es un acto de amor propio que no siempre nos enseñan desde pequeñas. Es un recordatorio de que nuestro valor no radica en la decisión de alguien más, sino en nuestra capacidad de reconocerlo por nuestra cuenta.
Así que, cuando pensemos en esos momentos de la infancia en los que esperábamos con ansias ser elegidas, recordemos lo lejos que hemos llegado. Puede que entonces no lo supiéramos, pero siempre tuvimos el poder de elegirnos a nosotras mismas sin darnos cuenta, y ese, quizá, es el mayor acto de valentía de todos.
Es difícil entender que no seremos lo primero para algo o alguien, pero ese lugar que te da un segundo o tercer lugar te esta impulsando y llevando a donde tengas el primero! Toma tiempo pero si lo vas a lograr…
